Existe una creciente evidencia de que la dieta juega un papel muy importante en problemas de salud mental específicos como: hiperactividad y falta de atención, depresión, esquizofrenia y Alzheimer.
La presencia de depresiones en la población mundial ha aumentado significativamente en las últimas décadas, acompañado de una disminución en las edades en que suelen hacer su aparición, pudiendo contabilizarse más casos en niños, adolescentes y jóvenes adultos. También la incidencia de los trastornos alimenticios está al alza.
La incidencia en esquizofrenia es similar en todo el mundo aunque con diferencias entre países. Esto implica que los factores ambientales pueden jugar algún papel determinante en cuanto a la duración y gravedad de los síntomas, siendo la dieta uno de los puntos que actualmente está atrayendo el interés científico
En los últimos cincuenta años, la enfermedad del Alzheimer ha adquirido un carácter más común y se cree que ello es el resultado de una combinación de factores, como la edad de la población, así como genéticos y ambientales.
La evidencia del aumento epidemiológico sugiere que la dieta puede ser uno de esos factores ambientales con informes relevantes que asocian el Alzheimer con una alta consumición de grasas saturadas y un bajo porcentaje de vitaminas y minerales.
Los servicios que se encargan de una buena salud mental y que dirigen sus esfuerzos hacia una dieta y nutrición adecuadas informan que se consiguen resultados altamente prometedores particularmente entre aquellos pacientes que experimentan trastornos de hiperactividad y falta de atención y depresión. Sin embargo, no existe todavía investigación y fundamentos suficiente probados como para llegar a conclusiones firmes en este sentido.
Algunos alimentos dañan al cerebro mediante la afluencia de toxinas y oxidantes
que pueden perjudicar a sus células, si bien, por otra parte, existen muchos más
nutrientes que pueden mejorar el estado de ánimo y el funcionamiento mental.
Mediante una dieta que aporte las cantidades adecuadas de carbohidratos, grasas esenciales, aminoácidos, vitaminas y minerales, así como agua puede conseguirse un equilibrio del estado de ánimo y sentimiento.
Asimismo, las investigaciones indican que una aportación nutricional adecuada, facilita el éxito académico. A este respecto, un buen número de estudios informan que la ingestión de un buen desayuno por parte de los niños es esencial para mejorar su actividad durante un largo día académico.
Las dietas complementadas con vitaminas, minerales y ácidos grasos esenciales en jóvenes con problemas han derivado en resultados significativos por lo que respecta a reducciones de comportamientos antisociales.
• Vía: Mental Health Fundation
La depresión es uno de los trastornos afectivos más extendidos. Las personas que la padecen suelen experimentar un estado de abatimiento e infelicidad recurrente. Este trastorno requiere de tratamiento psicoterapéutico, así como del apoyo de amigos, familiares y otros agentes sociales.
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viernes, mayo 09, 2008
viernes, abril 04, 2008
Depresión masculina
A través de estudios realizados últimamente se ha comprobado que se empieza a tocar en profundidad el problema de la depresión masculina. Las investigaciones revelan que no es aventurado decir que, contrariamente a lo que se creía, los hombres –en especial entre los 40 a 50 años- padecen más episodios depresivos que las mujeres.
Los más recientes hallazgos en este sentido indican que los hombres que decrecen en su escala social a lo largo de su vida suelen pasarlo mucho peor que las mujeres en la misma posición y son más proclives a padecer depresión. En efecto, aunque las mujeres tenían la posibilidad de caer en depresión y en un bienestar psicológico pobre, los investigadores encontraron que mientras que éstas lograban en su mayoría evitarlo, los hombres en la misma posición, no podían.
Los hombres que experimentaron un declive o cambio social sufrieron cuatro veces más depresión mientras que no hay marcadas diferencias en salud mental entre mujeres que experimentaron las mismas circunstancias.
En el estudio, los investigadores de la Universidad de Newcastle utilizaron el estatus de “jefe de familia” como marcador social y examinaron hombres y mujeres nacidos en 1947 en Newcastle desde su niñez hasta los 50 años.
Sus hallazgos podían explicarse por el hecho de que los hombres nacidos durante este periodo de tiempo ganaban mucha de su autoestima de sus carreras o profesiones, mientras que las mujeres se encontraban realizadas en otras actividades aparte del laboral, como los niños y las amistades. Es también posible que las mujeres tengan más capacidad de recuperación emocional en este tipo de situaciones, dicen los investigadores.
El estudio está publicado en el Journal of Epidemiology and Community Health. El responsable de la investigación, Dr Paul Tiffin dice: "Las familias estudiadas nos dieron la oportunidad de comprender cómo las circunstancias socioeconómicas a través de la vida pueden ligarse al bienestar mental en la edad adulta. Poniendo énfasis en la promoción de la salud mental, estos hallazgos pueden involucrarse en políticas sociales y de salud. Tener una buena salud mental es tan importante como la física –las dos son a menudo interdependientes. La depresión puede llevar a un círculo vicioso donde una pobre salud mental y falta de cohesión con la sociedad se convierta en norma para una persona.
El Dr Tiffin añade "Debemos ser cautos en generalizar nuestras investigaciones, nuestros hallazgos sugieren que es importante para los gobiernos y otras instituciones considerar el efecto de las redundancias masivas y los cambios económicos drásticos. La tendencia es enfocar en pérdidas financieras lo que los trabajadores y sus familias experimentan pero esta investigación demuestra que los efectos psicológicos deberían tenerse igualmente en cuenta y actuar en consecuencia”.
Journal of Epidemiology and Community Health
Los más recientes hallazgos en este sentido indican que los hombres que decrecen en su escala social a lo largo de su vida suelen pasarlo mucho peor que las mujeres en la misma posición y son más proclives a padecer depresión. En efecto, aunque las mujeres tenían la posibilidad de caer en depresión y en un bienestar psicológico pobre, los investigadores encontraron que mientras que éstas lograban en su mayoría evitarlo, los hombres en la misma posición, no podían.
Los hombres que experimentaron un declive o cambio social sufrieron cuatro veces más depresión mientras que no hay marcadas diferencias en salud mental entre mujeres que experimentaron las mismas circunstancias.
En el estudio, los investigadores de la Universidad de Newcastle utilizaron el estatus de “jefe de familia” como marcador social y examinaron hombres y mujeres nacidos en 1947 en Newcastle desde su niñez hasta los 50 años.
Sus hallazgos podían explicarse por el hecho de que los hombres nacidos durante este periodo de tiempo ganaban mucha de su autoestima de sus carreras o profesiones, mientras que las mujeres se encontraban realizadas en otras actividades aparte del laboral, como los niños y las amistades. Es también posible que las mujeres tengan más capacidad de recuperación emocional en este tipo de situaciones, dicen los investigadores.
El estudio está publicado en el Journal of Epidemiology and Community Health. El responsable de la investigación, Dr Paul Tiffin dice: "Las familias estudiadas nos dieron la oportunidad de comprender cómo las circunstancias socioeconómicas a través de la vida pueden ligarse al bienestar mental en la edad adulta. Poniendo énfasis en la promoción de la salud mental, estos hallazgos pueden involucrarse en políticas sociales y de salud. Tener una buena salud mental es tan importante como la física –las dos son a menudo interdependientes. La depresión puede llevar a un círculo vicioso donde una pobre salud mental y falta de cohesión con la sociedad se convierta en norma para una persona.
El Dr Tiffin añade "Debemos ser cautos en generalizar nuestras investigaciones, nuestros hallazgos sugieren que es importante para los gobiernos y otras instituciones considerar el efecto de las redundancias masivas y los cambios económicos drásticos. La tendencia es enfocar en pérdidas financieras lo que los trabajadores y sus familias experimentan pero esta investigación demuestra que los efectos psicológicos deberían tenerse igualmente en cuenta y actuar en consecuencia”.
Journal of Epidemiology and Community Health
lunes, marzo 17, 2008
La depresión y el sueño
Para muchos de nosotros, la hora de ir a la cama puede representar un verdadero tormento al enfrentarnos a nuestro peor enemigo y cuanto más nos esforzamos en obtener la calma necesaria para conseguir conciliar el sueño, más se acrecienta nuestra ansiedad dando paso así al ¡tan temido insomnio!
En el año 2001, el 38% de los adultos americanos reconocieron que dormían menos de lo que lo hacían cinco años antes. Dijeron que dormían un promedio de siete horas por noche y alrededor del 60% aseguraron que tenían problemas en conciliar el sueño algunas noches durante la semana.
El mayor culpable de esa falta de sueño es en gran parte el trabajo. Para disminuir la presión cada vez más creciente de la requerida productividad, dormimos menos y pasamos menos tiempo intentando cumplir con nuestros deberes sociales e incluso dedicándole menos tiempo al tan necesario ocio. El estrés resultante puede incluso robarnos más horas de sueño.
En algún grado, estamos sacrificando horas de sueño, con la consiguiente ansiedad que ello comporta, para obligarnos a acometer otras demandas que se comen nuestro tiempo, sin darnos cuenta de que pagamos un alto precio por tal privilegio. La necesidad de dormir, unido en parte a los ritmos más ancestrales del planeta, está profundamente arraigada en nuestro cerebro. Cuando interrumpimos el ritmo natural del día y de la noche por cualquier razón –incluso por diversión—nos arriesgamos a sufrir una serie de problemas.
Lo que hacemos durante la noche afecta a lo que hacemos durante el día—habilidad para aprender, memoria, salud y seguridad—afectando en gran manera a nuestro carácter hasta tal punto que una interrupción crónica del sueño parece ser uno de los puntos importantes causantes de la depresión.
Todos tenemos problemas en conciliar el sueño en algún momento, o incluso de forma más o menos recurrente. Forma parte de nuestra condición humana sujeta al estrés y a la preocupación, pero es lo que hacemos en respuesta a ello, indican los expertos, lo que determinará si en adelante desarrollaremos un insomnio crónico.
Es pues lógico dejar sentado que lo mejor que podemos hacer para solucionar nuestros problemas de sueño es quizá, no preocuparnos en exceso en conseguir conciliar el sueño y rebajar la ansiedad que esa tares nos pueda producir distrayendo
nuestra mente en algo totalmente distinto.
Por: Hara Estroff Marano
En el año 2001, el 38% de los adultos americanos reconocieron que dormían menos de lo que lo hacían cinco años antes. Dijeron que dormían un promedio de siete horas por noche y alrededor del 60% aseguraron que tenían problemas en conciliar el sueño algunas noches durante la semana.
El mayor culpable de esa falta de sueño es en gran parte el trabajo. Para disminuir la presión cada vez más creciente de la requerida productividad, dormimos menos y pasamos menos tiempo intentando cumplir con nuestros deberes sociales e incluso dedicándole menos tiempo al tan necesario ocio. El estrés resultante puede incluso robarnos más horas de sueño.
En algún grado, estamos sacrificando horas de sueño, con la consiguiente ansiedad que ello comporta, para obligarnos a acometer otras demandas que se comen nuestro tiempo, sin darnos cuenta de que pagamos un alto precio por tal privilegio. La necesidad de dormir, unido en parte a los ritmos más ancestrales del planeta, está profundamente arraigada en nuestro cerebro. Cuando interrumpimos el ritmo natural del día y de la noche por cualquier razón –incluso por diversión—nos arriesgamos a sufrir una serie de problemas.
Lo que hacemos durante la noche afecta a lo que hacemos durante el día—habilidad para aprender, memoria, salud y seguridad—afectando en gran manera a nuestro carácter hasta tal punto que una interrupción crónica del sueño parece ser uno de los puntos importantes causantes de la depresión.
Todos tenemos problemas en conciliar el sueño en algún momento, o incluso de forma más o menos recurrente. Forma parte de nuestra condición humana sujeta al estrés y a la preocupación, pero es lo que hacemos en respuesta a ello, indican los expertos, lo que determinará si en adelante desarrollaremos un insomnio crónico.
Es pues lógico dejar sentado que lo mejor que podemos hacer para solucionar nuestros problemas de sueño es quizá, no preocuparnos en exceso en conseguir conciliar el sueño y rebajar la ansiedad que esa tares nos pueda producir distrayendo
nuestra mente en algo totalmente distinto.
Por: Hara Estroff Marano
viernes, marzo 07, 2008
Los niños de padres depresivos tienen más riesgo de padecer trastornos mentales.
Tras 20 años de estudio se ha demostrado que los niños de padres depresivos se hallan en más alto riesgo de padecer problemas médicos y psiquiátricos, según un artículo aparecido en The American Journal of Psychiatry (AJP), diario oficial de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) a cargo de los doctores Myrna M. Weissman y Daniel Pilowsky, investigadores de la Universidad de Columbia y el Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York.
Demostraron que el riesgo de padecer trastornos de ansiedad y depresión mayor es de 3 veces más en niños con uno o ambos de sus progenitores con trastornos depresivos y el promedio de fobias aumenta hasta cuatro veces más. También se comprobó que padecían mayor riesgo de padecer dependencia de substancias y padecer enfermedades físicas en una edad adulta que los niños de padres no depresivos.
Hacia los 35 años este sector de la población reportaron una mayor incidencia en trastornos cardiovasculares (cinco veces más) y neuromusculares (2 veces más).
“Este trabajo enfatiza los riesgos, en una vida larga, a los que es posible que tengan que enfrentararse estas personas. Así pues, todos los esfuerzos que se realicen para mejorar los tratamientos de padres con tendencias depresivas, adquieren una relevancia significativa por lo que se refiere a los beneficios potenciales que pueden aportar a la siguiente generación”, dice el doctor Robert Freedman.
El trastorno depresivo mayor suele aparecer entre los 15 y 20 años y se ha experimentado un ligero incremento en trastornos de ansiedad entre mujeres de 28 a 32 años.
En la edad adulta, los niños de padres depresivos, experimentaron un escaso rendimiento en el trabajo y en sus relaciones familiares. Aunque el 83% experimentaron trastornos psiquiátricos a lo largo de sus vidas, sólo el 38% recibieron tratamiento para paliar sus desordenes mentales.
Esta investigación se realizó a través del National Institute of Mental Health.
Demostraron que el riesgo de padecer trastornos de ansiedad y depresión mayor es de 3 veces más en niños con uno o ambos de sus progenitores con trastornos depresivos y el promedio de fobias aumenta hasta cuatro veces más. También se comprobó que padecían mayor riesgo de padecer dependencia de substancias y padecer enfermedades físicas en una edad adulta que los niños de padres no depresivos.
Hacia los 35 años este sector de la población reportaron una mayor incidencia en trastornos cardiovasculares (cinco veces más) y neuromusculares (2 veces más).
“Este trabajo enfatiza los riesgos, en una vida larga, a los que es posible que tengan que enfrentararse estas personas. Así pues, todos los esfuerzos que se realicen para mejorar los tratamientos de padres con tendencias depresivas, adquieren una relevancia significativa por lo que se refiere a los beneficios potenciales que pueden aportar a la siguiente generación”, dice el doctor Robert Freedman.
El trastorno depresivo mayor suele aparecer entre los 15 y 20 años y se ha experimentado un ligero incremento en trastornos de ansiedad entre mujeres de 28 a 32 años.
En la edad adulta, los niños de padres depresivos, experimentaron un escaso rendimiento en el trabajo y en sus relaciones familiares. Aunque el 83% experimentaron trastornos psiquiátricos a lo largo de sus vidas, sólo el 38% recibieron tratamiento para paliar sus desordenes mentales.
Esta investigación se realizó a través del National Institute of Mental Health.
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